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DOCTOR ATOMIC: QUE ME DEVUELVAN EL DINERO

Que ir a la ópera es un acto social, no hay nadie que pueda negarlo, más si es en el prestigioso Teatro de la Maestranza en Sevilla y más aún si es una ópera de estreno en España. Pero ahí queda todo.

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El viernes 13 de Marzo, fui a ver la ópera Doctor Atomic. Una ópera de la que ya había oído hablar pero de la cual no tenía más referencia que su nombre y que era contemporánea (Estrenada en 2005). Cuando llegué al teatro, el programa anunciaba dos actos. Una ópera ya de por sí en inglés chirría. El inglés está muy bien para música actual, para musical americano y para pocas cosas más, porque precisamente para la ópera… prefiero un “Quanto è bella” que un “Oh, how charming”.

Para meter más leña al fuego, que el primer acto dure 80 minutos, el descanso 20 y el segundo acto 85 ya echa para atrás a más de uno y más de dos.

Y eso que lo malo todavía no había empezado.

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Tras apagarse las luces y entrar el director musical, aplaudí como cualquier hijo de vecino que tiene cierto respeto por compañeros que en ese momento les quedaba toda una odisea de 185 minutos por delante.

Y ahí terminó todo lo que en una noche en la ópera se puede esperar. La obra comenzó con una estridente música que recordaba a las películas de los 50, con unas extrañas proyecciones en la pantalla que te obligaban a bien estar atento a lo que pasaba en la pantalla o a los más que dudosos subtítulos que iban apareciendo. El coro se pasa un buen rato abriendo la ópera con una inenarrable melodía donde te explican cómo funciona una bomba atómica y la fusión en general, es decir, comenzamos con una clase de química y física (al menos que el público salga sabiendo algo más, si es que no lo sabía ya).

A todo esto, añadamos que la pantalla en la que se proyectaban esas imágenes, se hacía transparente en algunas secciones para mostrar a los solistas, estáticos como los ojos de Espinete soltar unas melodías que bien parecían ser notas al azar colocadas de tal manera que al tenor le resultara cómodo y al barítono, el bajo y la soprano les pasara lo mismo. En cuanto a la letra, mejor decir que podéis coger El Quijote, leerlo de arriba a abajo a ritmo de 4/4 y más o menos os podéis hacer una idea, pues prácticamente ni una sola melodía ni frase era repetida ni usada para la retentiva del público.

El que una puesta en escena sea original, no significa que sea la acertada. En este caso ni una cosa ni otra pues la idea de la pantalla semitransparente ya se había usado (desconozco si con mayor éxito) y además el situar algunas escenas en extremos casi opuestos de la pantalla/escenario, te obligaba ahora a desarrollar un estrabismo sin precedentes para estar atentos a ambos actores, al fondo de la pantalla y a la traducción, a la cual terminé por no echarle cuenta, ya que las frases de la soprano no tenían más sentido que el que le pueda dar Enrique Bunbury estando sobrio.

Recuerdo cuando comenzaba a hacer teatro en el colegio, allá por el pleistoceno, que estaba sentado, me ponía de pie, decía mi frase y me volvía a sentar. La misma sensación me daban los cantantes que se asomaban por esa ventana de proyección, sin duda orientados por un director escénico que, probablemente, ésta vez no ha dado con la tecla, o es que la “ópera” no daba para más.

Interesante es reseñar que en el aria de la soprano, la letra ni siquiera era original, si no sacada de los versos de no recuerdo quién, sin pies ni cabeza.

Dicen que una persona que está sobre el escenario puede mesurar el interés de la gente cuantificando la frecuencia y cantidad de toses del público, quizá es que ese día había demasiado polvo en el ambiente, no entraré en eso. El caso es que ya cuando toda la “historia” del primer acto estaba terminando, el dolor de unas piernas que ya no sabía cómo poner y de una espalda que pedía a gritos un fisioterapeuta con la entrada, el amable autor de… esto… tuvo a bien obsequiarnos con una partitura en la cual uno de los personajes nos relataba la dieta que trataba de seguir y la cantidad de bollos que se había comido no sé qué día. Algo así como poner “Joróbate Flanders” varias veces para llegar a las 500 palabras en un artículo.

Tuve la precaución de no aplaudir cuando llegó el momento más emocionante (para mí) de la noche, que fue al encenderse las luces para indicar que llegaban esos 20 minutos de descanso. Momento en el cual mi compañera y yo decidimos hacer mutis por el foro y así no perder los 105 minutos restantes en una butaca que no iba a reparar en mi ausencia.

Lo más llamativo fue a ver a varias personas cruzando la calle al mismo tiempo que nosotros y también con un programa de mano que indicaba que habían tenido la misma idea.

No voy a entrar aquí en opiniones sobre la calidad vocal o la habilidad de los músicos. Me descubro ante el coro, los solistas y la orquesta porque pocas personas tienen la capacidad de retentiva ni el amor por la música suficientes como para aprenderse esa infamia de partitura, papel desperdiciado que podría haber sido usado para escribir una verdadera obra maestra, o al menos algo que hubiera merecido la pena escuchar de principio a fin. Por mi parte me quito el sombrero ante los solistas y el coro, nada que reprocharles pues son unos mandados que cantan lo que les dicen y tratan con todas sus ganas hacer de cualquier partitura algo digno de aplauso. Para ellos sí habría aplaudido y con fuerza, pero no quería que los demás pensaran que aplaudía la genialidad inexistente del autor.

Al salir del Teatro, ni la más mínima melodía se había quedado en mi cabeza, nada reconocible que pudiera silbar o tararear, ni una nota, ni un acorde. Lo cual reafirma más aún que una ópera vacía de contenido, no merece la atención que se le prestó a esta. Por la misma vara de medir que llamamos a esto ópera, podemos coger un libro de partituras de Siniestro Total, ponerle en la portada la palabra “Ópera” y estrenarla en cualquier teatro con el mismo trato que a Puccini.

Ésta vez tengo que decir que la dirección del Teatro ha patinado un poco con la elección de la obra, no siempre se puede acertar, pero la obra no valía el papel en el que la entrada estaba imprimida, y mucho menos los más de 70 euros que costaba la que yo mostré a la entrada.

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